En la crisis de Chile hubo un detonante conocido por todos, el aumento del boleto del Metro. Esa decisión del gobierno despertó las primeras protestas. A los jóvenes estudiantes que se resistieron a pagar el boleto se fueron sumando adultos, trabajadores, organizaciones sociales, luego sindicales, etc.; a medida que las protestas se amplificaron, y la represión por parte del gobierno se fue haciendo cada vez más fuerte, comenzó a sentirse que más que una protesta coyuntural, se estaba gestando una rebelión de demandas estructurales. Pero una rebelión en un país donde no se dan rebeliones. En un país donde la participación política se licuó de la mano de la antipolítica y el consumismo.

El gobierno dictatorial logró en el pasado ubicar a “la política” en el conflicto, como la culpable de la polarización, la división interna y la violencia, y por lo tanto, incentivó a la sociedad a tomar distancia de la misma. logró evaporar gran parte de la vocación participativa, ya sea por miedo o por descrédito, formando una ciudadanía individualista y competitiva, sin marcos referenciales anclados en lo social, la movilización, la militancia.

Estas herencias no fueron discutidas por la Concertación post-pinochetista, es más, permanecieron como guardianes de un orden económico “tutelado” por esa cultura política, que por fobia al desorden, acepta y aprueba la intermediación de un paradigma contra-natura a la democracia popular. Pero en el 2011 se hicieron más que evidentes ciertas fisuras a todo el canon político-cultural, con las conocidas protestas estudiantiles, marchas, debates, que pusieron en emergencia el inicio del fin de muchos supuestos que regulaban “la forma de vida” de la otrora Suiza latina.

Hoy la protesta se amplificó. No sólo se pide por las pensiones, la salud pública, los magros salarios, sino que también por la educación y la Constitución, por la participación política, y también por la distribución. La heterogeneidad de grupos y espacios políticos que participan es notable, desde organizaciones barriales, hasta grupos indigenistas, sindicalistas, gremios de base, plataformas docentes, hasta hombres y mujeres de a pié, sin banderas políticas, sólo con la de su país. Esta rebelión, y en eso reside lo complejo para el gobierno, no posee liderazgo evidente, y casi no tiene oradores. La espontaneidad hace caer cualquier hipótesis de injerencia externa.

El itinerario de la revolución gestada en Chile, además no permite identificar ninguna planificación. La articulación Unidad Social es un espacio donde hoy conviven agrupaciones estudiantiles, organizaciones territoriales, sociales, feministas, etc, y parecería ser el principal aglutinante del horizonte de capitalizar políticamente toda esta fuerza social.

Posiblemente este quiebre institucional que representa la crisis, con la desobediencia civil, un presidente pidiendo perdón por su miopía, la renuncia de todo el gabinete ministerial, etc, sean la verdadera llave para acceder a la sala de reformas claves.

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